domingo, 3 de junio de 2018

Novela. La identidad, de Milan Kundera


Tusquets
178 pags.
Vacío
   
  No me ha enganchado esta alambicada construcción sobre la identidad y la capacidad que tenemos de escapar de ser quien somos y el daño que podemos causar al hacerlo. La historia de Chantal y Jean Marc me ha parecido artificial, falta de garra y de emoción y llena en cambio de trucos, muy especialmente al final. Dice la contraportada, refiriéndose a ese “perder de vista al amado”, que “en el pánico que acompaña a ese instante de extravío Kundera atrapa al lector, condenado ya a adentrarse en el laberinto que recorre la pareja y en el que más de una vez deberá cruzar la frontera de lo real y lo irreal”… No he notado nada de eso.



Autobiografía. Yo por dentro, de Sam Shepard


Anagrama
209 pags.
Visceral
   
 Patti Smith habla en el prólogo de lenguaje visceral, y es cierto que Shepard parece haber escrito estas páginas con las entrañas, y no solo eso, sino que lo ha hecho mirando hacia dentro, como si no hubiera un lector. Mientras él recuerda, sueña, evoca, fantasea y divaga el lector pierde toda esperanza de seguirle de cerca, y a ratos se pregunta de cuál de las mujeres que se cruzaron en su vida habla; qué sentía en realidad por su padre; qué ocurrió con aquella chica que le chantajeaba; qué papel tiene Jessica Lange, que fue su mujer durante 30 años, en todo esto; por qué su narrativa no nos lleva a los escenarios de teatro, donde se convirtió en el nuevo Tennessee Williams y nos conduce en cambio a campos yermos y fantasmales moteles. Shepard nos cuenta lo que quiere de su vida y el porqué de su elección es uno de los misterios de este libro raro, que a ratos cansa por lo críptico y a veces cautiva por su prosa llena de personalidad. Así escribe:
    “Ella tenía una familia, al fin y al cabo. Padre. Madre. Hermana. Hermano. Un lugar, una habitación a la que volvía tras día. El Medio Oeste. Yo solo tenía mi traje y una barba de dos días. Tenía que conservarla para que “conjuntara”. La barba. No podía ser de tres días. Ni de dos día y medio. Sino justamente de dos. La cámara captaba la diferencia. Una de esas películas de “micropresupuesto”, las llamaban por entonces, donde no dispones de una rulot propiamente dicha, de ninguna intimidad, y acabas yendo de un cuarto a otro de un hotelito de mierda, donde tu traje cuelga fláccido, inánime en sus perchas de alambre, y sin embargo tienes otro cuarto donde dejas tus libros y tus cosas de aseo. Recorriendo largos pasillos alfombrados y con manchas, desconocidos que aparecen muy pequeños desde lejos y que se van haciendo más grandes y cautelosos a medida que te acercas y ven de repente que la verdad es que con barba de dos días tu aspecto da miedo y no se percatan de que solo estás interpretando un personaje o estás a punto de interpretarlo y al verte los ojos cuando te cruzas con ellos creen que podrías ser de hecho un auténtico  psicópata que podría hacerles mucho daño incluso sin querer. Solo cruzándote con ellos. Incluso llegas al extremo de que realmente disfrutas dando un susto de muerte a extraños cuando vas a desayunar. Te acercas más y más a ellos por el largo y sucio pasillo y te niegas a apartar los ojos. Te niegas a no mirarlos. De hecho clavas los ojos en ellos, mientras hacen débiles intentos de sonreír cordialmente a la educada manera matinal norteamericana o de prestarte la menor atención como si fueses otra cucaracha en el sistema”... y así todo…

Narrativa. La liebre con ojos de ámbar.

Acantilado
363 pags.

Globalidad a la antigua

   Edmund de Waal pertenece a una familia de judíos que fueron ricos y poderosos en la Europa de fines del XIX e inicios del XX. Salidos de Rusia, donde sentaron la base de su imperio comerciando con grano, establecieron palacios, oficinas y bancos en Viena, París y Londres, y enlazaron su linaje con el de grandes familias como los Rotschild. Edmund de Waal nos cuenta su historia con erudición, sensibilidad, atención al detalle y buen ritmo. Escribe con rigor y con corazón; es culto y entretenido. Un libro interesante y bien construido, que seduce página a página.

domingo, 20 de mayo de 2018

Novela. Gloria, de Vladimir Nabokov


Anagrama
262 pags.
Nostalgia y plenitud
    
   Esta es una de las novelas que Nabokov escribió en ruso, durante los de su exilio europeo, y es la historia de un joven emigrado, que sale de Rusia con su madre en los años veinte y, tras pasar por Suiza y estudiar en Cambridge, emprende la conquista de Sonia, una amiga de la infancia de la que está locamente enamorado. “El logro de la plenitud es la meta primordial de su destino”, dice Nabokov de su protagonista en el prólogo que escribió en 1970. No es una novela fácil; tiene muchas capas, muchos recovecos; pero leer a Nabokov es siempre un placer estético

Ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki


Se vende piso sombrío

Siruela
92 pags.

   Tanizaki escribió este libro en 1933 y hoy es un clásico que nos acerca al misterio de Japón, en este caso a través de las implicaciones del gusto por la sombra, como opuesto al culto a la luz que vivimos en Occidente. Aquí los vendedores de pisos conocen la magia que rodea al adjetivo luminoso y los psiquiatras recomiendan abrir las persianas para que entre el sol en el cuarto del deprimido; allí la sombra tiene un valor estético que Tanizaki traduce en su gusto por cosas como las lacas, el vestuario del teatro No, las velas, los misteriosos cubículos de sus viviendas, la tinta china, los papeles opacos o los retretes de madera encerada. Coincido con él en que el exceso de luz eléctrica puede destruir la noche más prometedora; comprendo la asociación entre luz y chillido, y entre sombra y silencio, y por tanto entiendo el maridaje entre paz y penumbra; cada verano practico lo mejor que puedo el sabio arte andaluz de ensombrecer las casa para huir del calor, y reconozco el placer de entrar en el frescor de un cuarto en penumbra un día de agosto. Pero qué alegría el sol de poniente llegando hasta el fondo de una estancia una tarde de invierno, y qué gusto leer sin encender una lámpara, mientras  el sol te calienta la espalda.  Qué insondable el Japón que nos pinta Tanizaki.

jueves, 17 de mayo de 2018

Novela. El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati

Imprescindible

Alianza Editorial
251 pags. 


   Releo esta novela y me vuelve a impresionar lo que ha montado Buzzati con su fábula sobre la Fortaleza Bastiani y Giovanni Drogo. El libro se inicia con el viaje del joven militar a su destino: un fuerte fronterizo y lejano del que no sabe casi nada. Llegado allí, Drogo se integra en las rutinas del servicio, y empieza a compartir con sus compañeros la esperanza que da aliento a sus vidas: de ese desierto inmenso e insondable que contemplan desde el fuerte podría surgir un día el enemigo. Ese día la fortaleza Bastiani, y sus propias vidas, cobrarán sentido. Este es el leit motiv que recorre toda la novela de Buzzati; la obsesiva presencia de esa esperanza. ¿Aburrido? No. No es aburrido, porque Drogo es un personaje que evoluciona con fuerza, y su tragedia nos arrastra. Y porque Buzzati escribe con garra. Sus paisajes tienen la potencia de personajes: las nieblas del desierto, las manchas que se distinguen allá al fondo o los mínimos movimientos que se perciben en la llanura tienen vida propia y capacidad de movilizar emociones. 
    Los personajes no son dueños de su tiempo, ni entienden el espacio en el que se mueven; son el tiempo y el espacio, los años y el desierto, los que se adueñan  de sus vidas y los apresan. Creen que les mueve la ambición, la esperanza o la inercia, pero hay una fatalidad envolviéndolo todo que crece hasta la tragedia. En la relación entre los habitantes de la fortaleza y el misterioso desierto que se otea entre las montañas hay todo un discurso sobre la soledad del ser humano y su aislamiento. La fábula de Buzzati nos interpela sobre la necesidad  de contar con “el otro” y de entenderle. El libro discurre en su casi totalidad en un cuartel que espera al enemigo y, sin embargo, no se nos cuentan cálculos logísticos, ni estrategias, ni informes sobre la capacidad ofensiva del adversario, ni se hacen planes sobre cómo ganar la batalla. El otro es un desconocido total, un arcano.  Simplemente se le espera, se espera su existencia, para que la nuestra –la de los soldados de la fortaleza Bastiani- cobre sentido. Impresionante novela, que agradezco haber releído bajo los auspicios de Sergio y de Youtopia.

martes, 15 de mayo de 2018

Cine. The Florida Project

Demasiado larga pero interesante

Título original: The Florida Project
Duración: 115 minutos
Director: Sean Baker
Guión: Sean Baker,  Chris Bergoch

    Estamos en los alrededores de Disneylandia, la tierra de la fantasía, que decían cuando éramos pequeños, y el lugar donde cumplen sus sueños millones de familias de todo el mundo. El emplazamiento está bien elegido para esta historia sobre el lumpen americano, en la que funciona bien el simbolismo del castillito de Disney poblado por alegres familias enfrentado a la muy cutre realidad en la que viven los niños que nos retrata.  Lo que ocurre en esos horribles moteles pintados de morado o de rosa es bien distinto al mundo de felicidad que nos promete Disney: en donde vive Mooney con su madre no  hay familias, sino mujeres solas que malviven con sus hijos, algunas sin saber que están incubando delincuentes y putas, otras luchando como pueden por algo parecido a la dignidad. Mooney, la niña protagonista, vive en una perpetua euforia propiciada por su infantilizada y amoral madre, deglutiendo comida basura y vagando con sus amigos sin ningún tipo de límite.   
    Willem Dafoe, con ese aspecto suyo tan siniestro, borda un papel central en la película, el del portero, manitas y encargado del orden del hotel, un hombre bueno que actúa como factor de equilibrio entre tanto despropósito; un personaje bien medido, un buen tío sin más. Es de agradecer lo comedido de su papel, así como que la película no desemboca en ningún mensaje edulcorado. Es demasiado larga, pero interesante.