sábado, 13 de mayo de 2017

Cine. Z, la ciudad perdida




Duración: 140 minutos
 Guión: James Gray (Libro: David Grann)

 
   Larga, muy larga, y aburrida, muy aburrida resulta esta biografía del militar y explorador británico Percy Stewart, cuya obsesión en la vida fue encontrar una ciudad que creía escondida en el corazón de la selva amazónica. Lo mejor es la frase que sobre el protagonista pronuncia al principio un vejestorio empeñado en hundirle en su ascenso social: “I´m afraid he wasn´t very fortunate in choosing his ancestors”, dice, refiriéndose al padre de Stewart, que tenía muy mala fama. La Inglaterra del fin de la era victoriana tenía estas cosas, y la película la retrata bien. En cambio la peripecia aventurera de Stewart resulta repetitiva y falta de emoción, y aquejada de un guión repleto de incongruencias y salidas de tono. Lo peor, la última parte, porque te parece imposible que por tercera vez el pobre Percy se empeñe en volver a subirse en esa balsa y que tú tengas que acompañarle en su redundante serie de encuentros con las flechas de los salvajes, el hambre, etc etc etc.

domingo, 7 de mayo de 2017

Cine. Lady Macbeth


Título original: Lady Macbeth
Duración: 89 minutos
Director: William Oldroyd
Guión: Alice Birch (Novela: Nikolai Leskov)
Reparto: Florence Pugh, Christopher Fairbank, Cosmo Jarvis, Naomi Ackie, Bill Fellows, Ian Conningham, Paul Hilton, Joseph Teague, Golda Rosheuvel, Rebecca Manley    

   La belleza formal y la calidad con que está construida, la trama que avanza con buen ritmo, lo contundente del conflicto que se nos narra y la magnífica interpretación de Florence Pugh no son suficientes para que esta muy sangrienta película llegue a impactarme más allá del horror que producen ciertas escenas. Basada en la novela del ruso Leskov, Oldroyd ambienta en la Inglaterra victoriana la historia de una mujer sometida a un trato brutal por parte de su marido y su suegro, que un día se lía la manta a la cabeza y emprende el camino de su liberación. La matanza de un inocente trae la más obvia reminiscencia shakespereana y es el punto álgido de una historia que, a pesar de su truculencia y de lo extremo de sus personajes, resulta más bien fría.

Ensayo. El arte de la guerra, de Sunzi

Trotta. Pliegos de Oriente
Introducción, traducción y notas de Albert Galvany
214 pags.

  Tengo que volver con detenimiento a este texto, que he leido muy superficialmente, sin aprovechar las notas que el autor de la traducción e introducción aporta, esenciales para disfrutar plenamente de esta famosísima obra, escrita probablemente en el siglo IV a.e. y  que actualmente no se lee como tratado militar, sino como ensayo sobre el poder y la estrategia aplicada al funcionamiento del mundo moderno.

Novela. Ese mundo desaparecido, de Dennis Lehane



Salamandra. 350 pags.
Una de gansters que encantará a los amantes del género

  No diré última oportunidad, pero estoy tentada de hacerlo. No puedo con las novelas de gangsters y creo que pasará mucho tiempo antes de que vuelva al género. Una crítica elogiosísima en El Cultural tiene la culpa de esta compra y esta lectura. No es que haya sido una experiencia desagradable, pero no he logrado conectar con la trama, ni interesarme por los personajes. Sí me ha tenido muy alerta tratar de captar el valor que tantos reconocen en el género, y en particular en este autor, que ya era famoso, según dicen, antes de que su libro Mystic River se convirtiera en aquella gran película. Pero nada. Joe Coughlin es un super gangster medio retirado, viudo con un hijo pequeño, que recibe el mensaje de que alguien quiere matarle. La novela le sigue en su viaje a un infierno personal y en su itinerario por las traiciones y luchas de poder entre los distintos grupos mafiosos en los que durante años se labrado una reputación respetable, que ahora parece no va a servirle para protegerse a sí mismo y salvar a su hijo. Creo que mi problema es que el ecosistema mafioso, con sus demenciales códigos de honor, sus ritos sangrientos y sus estructuras de poder no me interesa demasiado y no veo el atractivo a los personajes ni tramas que puedan surgir de él. Lo dicho. Una y no más. Aunque vete a saber.

Autobiografía. Entre limones, de Chris Stewart



Almuzara. 299 pags.
Aprendizaje, humor, tesón y tolerancia

  Chris Stewart fue batería del grupo Genesis, esquilador de ovejas, piloto de aviación y guía de viaje antes de instalarse en un cortijo de las Alpujarras, junto a su mujer, Ana. Sorprende que entre tantas profesiones no haya ninguna relacionada con la escritura, porque el autor de este delicioso libro tiene un gran talento como narrador y leerle es un placer. Lo es porque su escritura carece de artificios, y, en cambio, derrocha sentido del humor y veracidad. Chris construye su propio personaje con cierta irónica distancia, muy inglesa, que inspira simpatía y complicidad. Se ríe de sí mismo y de esa mezcla de ingenuidad y tesón con la que se plantó en un lugar remoto,  compró el cortijo que nadie quería comprar y se fue construyendo una vida. Por su libro circulan otros expatriados de las Alpujarras, que acaban tejiendo, junto a los vecinos locales, una fuerte red de amistad y apoyo mutuo con los Stewart. Como narrador, a todos trata con respeto y a muchos con cariño, lo cual no le impide pintar con trazos muy precisos sus caracteres, sean desalmados tratantes de ganado, pueblerinos decididos a aprovecharse del guiri, gente de buena fe que le ayuda a construir su casa, artistas venidos de tierras lejanas o ecologistas decididos a purificar las Alpujarras de prácticas con los animales que consideran brutales. Stewart, a pesar de su muy inglés amor a los animales, se siente bastante ajeno a estos últimos, y en cambio se maneja con soltura entre los locales. Además de ser un interesante retrato de la vida en aquella zona del campo andaluz, el libro plantea una cierta reflexión sobre el valor del aprendizaje, la curiosidad, el tesón y la tolerancia.
  

Cine. Stefan Zweig, adiós a Europa



Título original: Stefan Zweig: Farewell to Europe
Duración: 106 minutos
Director: Maria Schrader Guión: Maria Schrader, Jan Schomburg

   La cuestión es si es reconocible el personaje, si están bien elegidos los momentos que se nos muestran para describirnos su drama, si son estas y no otras las secuencias más expresivas del final de Zweig, el intelectual amado por millones de lectores de novelas y biografías, el gran nostálgico de la Europa anterior a 1914, el fugitivo del nazismo que se suicidó en Brasil en 1942 junto a su mujer, porque pensaba que el mundo civilizado iba a desaparecer a manos de Hitler. Luego está valorar si esos momentos están bien narrados. Y mi respuesta es sí a las dos cuestiones.
  Teniendo como referencia su autogiografía, El mundo de ayer (Memorias de un europeo), la película de Maria Schrader me parece un retrato muy acertado, sutil y contenido, que deja lugar para imaginar la angustia y desesperanza que va acumulando Zweig mientras va de Buenos Aires a Brasil, y de allí a Nueva York, para volver a Brasil, en un peregrinar en el que recibe agasajos, elogios y presiones para que alce su voz de forma contundente contra el nazismo y ayude a los judíos. Schrader pone su mirada en detalles sin importancia: los criados ponen la mesa para un banquete en su honor; un político pueblerino se afana para recibirlo en plena selva brasileña; un compatriota se instala en la casa vecina del pueblo en el que muere, alguien le regala un perro. Lejos de resultar banales, estos detalles dejan sitio en nuestras mentes para observar al personaje e imaginar la acumulación de angustia que vive mientras despliega su cortesía decimonónica y va y viene como un discreto viajero ilustre. Otras escenas son más expresivas de su devenir biográfico: su visita a su exmujer en Nueva York, en la que nos muestra la sensación de impotencia y acorralamiento que le producen las peticiones incesantes de otros judíos de que use su influencia para conseguirles visados, o el congreso de escritores, en el que exhibe una especie de dignidad exasperada y se resiste a acercarse lo más mínimo a cualquier tipo de histrionismo antinazi, como si enfatizar lo obvio fuera renunciar a su superioridad moral. Tanto en lo cotidiano como en las escenas de más contenido informativo, observamos a Zweig deslizarse hacia la desesperación inexorablemente, a través de una narración indirecta, contenida.
  La última escena es un compendio de las virtudes de la película, por la forma en que se nos muestra su muerte, junto a su mujer, en su casita de Petrópolis, con imágenes de una belleza delicada, llenas de una serena expresividad.
 Al final alguien reza en ruso. Es uno más de los seis o siete idiomas que se manejan en esta película,  una pequeña sutileza más para recrear ese mundo cuya desaparición nos describió el propio Zweig con tanto talento.