A propósito del fracaso
Título original: A propósito de Llewyn Davis
Duración: 105 min.
Director: Joel y Ethan Coen
Guión: Joel y Ethan Coen
Actores: Oscar Isaac, Carey Mulligan, Justin Timberlake
Me ha gustado este retrato de un perdedor. Para empezar, me ha interesado el momento y el sitio: 1961, el Village de Nueva York. Pero sobre todo me ha enganchado el personaje sobre el que gira la historia, un hombre que intenta abrirse camino como cantante de folk y que vive la música como un sacerdocio, al tiempo que no para de fracasar en todo aquello que se propone, "convirtiendo en mierda cuanto toca, como el hermano tonto del rey Midas". La historia está bien contada, con chispas de ese humor ácido y un punto disparatado de los Coen. Llewyn es un perdedor creíble, obstinado, fatal, un tipo tocado por la desgracia, y está rodeado por personajes que transmiten lo que tienen que transmitir eficazmente, personas que, incluso cuando son amables con él, parecen estar ahí solo para hacer posible el fracaso de Llewyn, gente preparada para ver triunfar a Bob Dylan o a Pete Seeger mientras que Llewyn Davis se va hundiendo poco a poco, a pesar del cariño que le vamos tomando.
Una pavada
Título original: Pensé que iba a haber fiesta
Duración: 85 min.
Director: Victoria Galardi
Guión: Victoria Galardi
Actores: Elena Anaya etc.
Como diría la protagonista,
esta película es una pavada. Afortunadamente solo dura 85 minutos la historia
de una guapísima española residente en Argentina, que siempre está triste sin
que sepamos por qué y que liga con el ex marido de su íntima amiga. Sobran para
un guión sin contenido.
Nada nuevo
Título original: August: Osage County
Duración: 121 min.
Director: John Wells
Guión: Tracy Letts
(autor de la obra de teatro en que se basa)
Actores: Meryl Streep, Julia Roberts,
Ewan McGregor,
Chris Cooper,
Abigail Breslin,
Benedict
Cumberbatch, Juliette Lewis,
Margo Martindale,
Dermot Mulroney,
Sam Shepard,
Misty Upham,
Julianne
Nicholson
Un melodrama brutal,
pensado para el teatro. En torno a una madre adicta a las pastillas cuyo marido
acaba de desaparecer se reúne una familia donde cada cual tiene su herida en
carne viva. Unos se ensañan con otros en una especie de concurso de crueldad,
desolación y amargura, en el que ganaría la madre si no fuera por lo que ésta
nos cuenta de la abuela. Mantiene tu interés la espléndida interpretación de los
actores y la historia que se va desplegando, un ciclón de trapos sucios que se
va tragando a la familia. Te quedas con un palizón de excesos encima –interpretativos,
textuales- y con algo de sensación de que no es cine lo que has visto (en el
sentido creativo), sino la puesta en escena de un retrato literario del mal. Es
un gran espectáculo, pero no sé si una gran película.
Otra vez Murakami
Después de Sputnik mi amor, Kafka en la orilla y Tokyo Blues, me pareció que Murakami empezaba a desvariar demasiado, y le dejé. Ahora vuelvo a él.
Una buena manera de empezar a registrar impresiones en este blog, cuyo propósito es fijar en negro sobre blanco lo que veo y leo, más que nada para que no se me olvide, como tantas cosas que desaparecen de mi mente.
Como aquel padre que salía de un museo de arte abstracto diciendo "esto lo pinta mi peque", te lees la última novela de Murakami con la sensación de que aquello tiene valor a pesar de su aparente sencillez.
El libro cuenta la historia de un chico al que sus cuatro mejores amigos deciden dejar de ver, sin explicación alguna. Este rechazo le produce un hundimiento emocional, cercano al suicidio, del que resurge tras varios años, para empezar un proceso de renovación. A través de la búsqueda de la razón por la que sus amigos le expulsaron de su grupo, Tsukuru va construyéndose a sí mismo, de la mano de Sara, una mujer por la que, por fin, siente algo que podría tener relevancia en su vida. La historia está contada con una escasez de medios literarios que a veces resulta exasperante. Hay díálogos completamente vacíos y multitud de datos sin valor (leo al azar "le entregaron la carta de los postres y Sara la examinó detenidamente. Poco después la posó sobre la mesa"), todo ello combinado con narraciones dentro de la narración que a ratos consiguen transmitir un simbolismo atrayente y con momentos sueltos en los que descubres con alivio la brillantez que buscabas en alguien como Haruki Murakami.