domingo, 14 de enero de 2018

Cine. Tres carteles en las afueras




Magnífica

Título original:  Three Billboards Outside Ebbing, Missouri
Duración: 112  minutos
Director: Martin McDonagh
Guión: Martin McDonagh
 
   Mildred Hayes es la madre de una chica que fue violada y asesinada en un pequeño pueblo de Missouri, y está decidida a presionar a la policía para que resuelva el caso, para lo cual decide instalar tres grandes carteles publicitarios reclamando justicia en la carretera de llegada al pueblo. Con este esquema Martin McDonagh desarrolla una trama a lo Coen, una gran tragicomedia rural en la que todo encaja a la perfección y en la que se disfruta cada segundo el buen cine. Como en esas piezas audiovisuales en las que un rostro envejece años en escasos segundos, los personajes evolucionan con una precisión pasmosa y nada es del todo lo que parece en un principio. Hay, por supuesto, una madre absolutamente inolvidable, encarnada por la espectacular Frances McDormand, en la que encontramos una determinación feroz y un lenguaje que es un cuchillo, y también culpa, y ternura, y amargura y sentido del humor. Y hay unos policías muy coenianos, y chicos de pueblo, y un marido maltratador, y un cura muy redicho, y un enano aquejado de amor y dignidad y, resumiendo, una galería de secundarios digna de una inmensa ovación.
  Por encima de todo hay una mirada a los seres humanos que componen la trama, que es la de Martin McDonagh. Su tono está a medio camino entre el humor y la tragedia, y no es que vaya cambiando de registro en cada escena, es que crea una longitud de onda propia, en la que los diálogos funcionan como máquinas perfectas con recursos propios del drama y la comedia ensamblados con total naturalidad en el perfil de cada personaje, sin que nada chirríe, sin que en ningún momento falte un ápice de coherencia.
  Sales del cine pensando que los seres humanos somos más parecidos a los personajes de McDonagh que a cualquier otro tipo de personajes, que este batiburrillo de amores y odios, de tontos y listos, de buenos y malos, de venganza y perdón, de desprecio y aprecio, es muy parecido a la vida. Y sales feliz de la buena película que has visto.

domingo, 7 de enero de 2018

Narrativa: El santero de san Saturio, de Juan Antonio Gaya Nuño



Colección Austral, Espasa Calpe

153 pags.
Una joya
    
    Un hombre acepta el trabajo de cuidar la ermita de San Saturio, en Soria. “Me quedé en la ermita, ya dueño de las llaves, y acomodé el ajuar. Conmigo traía una maleta de libros, a saber: Santa Teresa, Eça de Queiros, Sartre, Baroja, la Biblia, Baltasar Gracián, Antonio Machado, San Juan de la Cruz, Unamuno, Proust, Valle Inclán, Gerardo Diego y Dostojewsky. Por lo demás, me acompañaba el material preciso para continuar trabajando en mi Bibliografía crítica de Picasso”. Así se nos presenta el narrador de este libro, que se funde con su autor, Gaya Nuño, un intelectual soriano, especialista en historia del arte y poseedor de una prosa de esas que se saborean palabra a palabra; una prosa recia, antigua, precisa, y de una mirada al paisaje y la sociedad llena de sabiduría y humanidad, de erudición y de humor, de bonhomía y de pasión. Gaya Nuño nos muestra Soria y a los sorianos a través capítulos cortos que van mirando las distintas estaciones del año, las fiestas locales, las costumbres de las diferentes capas sociales, y en todo cuanto dice pone una mirada comprensiva, pero crítica, amorosa siempre, aunque a veces socarrona, a veces implacable. A pesar de su profesión, es un narrador más bien laico, que celebra al dios Duero y al que parecen tristes las fiestas de Saturio, que ocurren en octubre, “dominadas por el signo pesimista del cambio de estación, augurando nevadas, hielo y la muerte de los tuberculosos”, de las que los sorianos tendrán “pertinente desquite cuando vuelvan, otra vez, las radiantes y báquicas fiestas de san Juan”.  Son veinticuatro capítulos y una preciosa muestra de amor a la tierra sin sabihondez ni cursilería, sin retórica ni grandilocuencia, escritos a la soriana, con una sobria veracidad. Gaya Nuño quiere que comprendamos a los herederos de Numancia, a sus labriegos, a sus putas, a sus curas, a sus indianos, a sus poetas y a sus señoritos, y es tal su talento literario, su sensibilidad y su dominio del español que logra hacernos sentir plenamente su apego a ese paisaje durísimo y a ese tiempo en el que escribe, aunque ya no sea el nuestro.   

viernes, 5 de enero de 2018

Novela. Acre, de Lucrecia Zappi



La Huerta Grande
238 pags.

Un mundo áspero y desabrido
    
   Conocí a Lucrecia Zappi en la librería Los Editores, donde presentó esta novela, a la que se refiere en la dedicatoria que me escribió como “western paulistano”. He recordado estas palabras más de una vez a lo largo de mi lectura, y he reconocido las trazas del western en la aparición de un extraño amenazador en un mundo pequeño, que en este caso no es una aldea del oeste americano, sino un edificio perdido en algún lugar de Sao Paulo, en el que vive su gris existencia el joven matrimonio  formado por Marcela y Oscar. El extraño se llama Nelson, y allá en los años 80 tuvo una turbulenta relación con sus nuevos vecinos. Ahora vuelve a sus vidas para perturbarlo todo.
   Áspero y picante, agrio y desabrido, son los sinónimos que nos propone la RAE para la palabra acre, y así es esta historia: difícil de leer, árida. Lo es por lo turbio y obsesivo de la trama, y también porque nos sitúa en un mundo poco reconocible, opaco. Ni los lugares ni la época me son en absoluto familiares, y tampoco la autora los ilumina apenas, preocupada fundamentalmente por sus personajes. Son escenarios que apenas se ven físicamente. Sin embargo, sí se percibe en ellos un par de elementos constantes, y son la violencia y la degradación. Se manifiestan de forma evidente en algún episodio, y se perciben más soterradamente entre los indigentes y los travestis que acampan junto al edificio,  en el ambiente de las pandillas del pueblo donde transcurrió la primera juventud de Marcela, Oscar y Nelson,  en el oscuro pasado de este último y en la amenaza que representa. De forma que estamos ante un escenario apenas iluminado en el que van dibujándose de forma muy sutil los personajes y sus emociones: los celos, el odio, la resignación. Un mundo áspero y desabrido.

Cine. Wonder Wheel



No es este el mejor Woody Allen

Título original:  Wonder Wheel
Duración: 101  minutos
Director: Woody Allen
Guión: Woody Allen

    La visita anual a Woody Allen es un rito que me gusta, pase lo que pase. Cada año me parece más admirable que mantenga el mismo ritmo de trabajo y le imagino  en el montaje de una película mientras escribe la siguiente. Le tengo cariño. En esta ocasión me ha parecido que a su película le falta ritmo, sobre todo al principio, y le sobra teatralidad. La ambientación, junto a la playa de Coney Island, en los años cincuenta, es perfecta, como lo es la interpretación de Kate Winslet, en el papel de Ginny, alrededor de la cual gira la historia. Pero la película resulta pesada.
    Ginny y su marido, Humpty (Justin Timberlake), son los supervivientes de tristes historias anteriores, y viven refugiados el uno y el otro, protegiéndose mutuamente del alcohol y la desesperación total a la sombra de una gran noria. El lío de Ginny con un socorrista con aspiraciones de escritor, que actúa a ratos como narrador de la historia, se complica con la llegada de Carolina, la hija de Humpty, que huye de unos mafiosos.
   Los largos parlamentos de Ginny, la densidad de cada escena y la lentitud con que progresa la trama, sobre todo al principio, nos hacen añorar la frescura de que es capaz Woody Allen y la genialidad con que logra crear su propio lenguaje cuando toca la tecla del humor sin abandonar el tono dramático, al tiempo que hace una reflexión moral, en esos guiones suyos que hacen piruetas asombrosas. Aquí, en cambio, todo es lineal, trágico, serio, espeso.