miércoles, 28 de enero de 2015

Cine: Siempre Alice y Birdman




Título original: Birdman  (The Unexpected Virtue of Ignorance)
Duración: 118 minutos
Director: Alejandro González Iñárritu
Guión: Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo
Reparto: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Zach Galifianakis, Naomi Watts.





Título original: Still Alice

Duración: 101 minutos




Metamorfosis y De qué hablamos cuando hablamos del amor

No hablo de Kafka ni de Carver, sino de  Iñárritu, Glatzer y Westmoreland,  y de las películas recién estrenadas Birdman y Siempre Alice. La primera cuenta la historia de Riggan, que quiere dejar de ser un famoso de Hollywood, conocido por su papel de superhéroe y mejorable padre de familia, y emprende una dolorosa metamorfosis para convertirse en  un respetado adaptador de Carver y actor de teatro en Broadway. Su problema es que la voz de ese ser que quiere abandonar le tortura, asegurándole que siempre será quien es: un  superfluo personaje de Hollywood, despreciado por los que están en la pomada intelectual de Nueva York, a la que nunca logrará incorporarse. Para colmo, el actor que contrata para que le acompañe en la obra que ha adaptado y está a punto de estrenar resulta ser un psicópata decidido a hundirle.

En Siempre Alice, la protagonista es una brillante y sexy profesora de Columbia, además de una admirada madre de familia. Su problema es que le diagnostican Alzheimer, y su sufrimiento consiste en observar impotente cómo aquella brillante Alice que fue se va diluyendo a medida que su enfermedad la va convirtiendo en otro ser.

Riggan y Alice sufren en estas dos películas, el primero porque no logra desprenderse de un yo al que abomina, y la segunda porque observa aterrada cómo la enfermedad de  Alzheimer le arranca todo cuanto le hace ser quien es y cómo desaparece un yo del que se siente orgullosa.  Así que Alice es una mujer triste y aterrorizada por la nueva persona en que se está convirtiendo, y Riggan un hombre desesperado porque no logra convertirse en alguien diferente: dos dramas y dos películas que nos cuentan historias de cambio personal, con perspectivas y lenguajes totalmente diferentes. 

Birdman es innovadora en el fondo y la forma, y no solo porque Iñárritu ha logrado que parezca rodada en un único plano secuencia, sino porque sorprende la síntesis prodigiosa de realidad y fantasía, por el audaz empleo de la música y por la forma en que incorpora las pautas de la modernidad al viejo  relato de la decadencia del actor, al que se enfrenta con un guión que, sobre todo en su primera parte, te instala en el laberinto sin salida de Riggan y te obliga a compartir su tortura a través de un lenguaje cinematográfico que poco tiene que ver con cualquier otra cosa que hayas visto.

Siempre Alice, en cambio, en principio te lleva a preguntarte qué aporta la película como tal, además de acercarte a una realidad terrible, la de los enfermos de Alzheimer. No hay nada en la manera de exponer el desgarro de Alice y su familia que te lleve más allá de la contemplación de un tristísimo adiós. El relato es hiperrealista y lineal y la película va avanzando sin la menor sorpresa., descansando en la fabulosa interpretación de  Julianne Moore. Encuentro su mérito al dejar reposar la reflexión final, sugerida muy sutilmente en la última escena.  Es fuera ya del cine cuando logro transportarme un poco más allá y pensar, evocando al Carver de Birdman: ¿De qué hablamos cuando hablamos del amor? ¿Amamos a los demás o amamos sus capacidades? Y nuestra autoestima, ¿pende del hilo de que seamos exitosos, sanos y guapos? Cuando hablamos del amor, ¿hablamos del ser humano que está detrás de las capacidades que despliega? ¿del que queda cuando se ha esfumado la inteligencia, cuando la memoria se ha desvanecido y transita en la bruma de la inconsciencia? 

Sin  llegar al extremo del conflicto de Alice, ¿cómo enfoca su transformación el directivo que pierde su poder al jubilarse, la mujer que se vuelve transparente con los años, la madre a quien sus hijos dejan de escuchar? ¿Siguen estas personas siendo merecedoras de auto estima? ¿Pueden llamar amor a lo que ahora reciben de los demás? La hija de Alice, en un final que no tiene nada de ñoño, nos contesta con un esperanzador sí. Porque su madre no se ha convertido en una enfermedad, sino que sigue siendo su madre, y ella la quiere. Alice aún es Alice ahora que apenas se parece a la que fue. Aún Alice. De haber sido bien traducido el título de esta película, ese sería precisamente. 

Ver Siempre Alice es sin duda una experiencia más dura, por realista y cercana, que ver Birdman. Y, sin embargo, qué pesimismo se desprende de la película de Iñárritu, qué fatal el destino de ese superhéroe incapaz de hacer realidad la reinvención de sí mismo. Y qué paz, en cambio, el pensar que el amor puede estar por encima de todo.




 











sábado, 17 de enero de 2015

No ficción. Gomorra, de Roberto Saviano.

El libro de la película

Editorial Debolsillo
325 pags. 

Al llegar a la página 175 de este magnífico reportaje sobre la camorra siciliana digo basta ya y cierro el libro. Creo que me he hecho una idea del horror que supone el Sistema, la organización de criminales y asesinos que impregna buena parte de la actividad económica y política del sur de Italia. 

El libro en el que se basa la película de Matteo Garrone que ganó el Grand Prix de Cannes en 2008 es un gran reportaje,  escrito con garra y basado en una documentación exhaustiva obtenida de manera directa por el autor, un periodista que lo sabe todo sobre cómo funcionan los clanes de la Camorra. 

Saviano explica cómo la Camorra se infiltra en cada parcela de la vida económica, política y social de la región de Nápoles, desde las tiendas hasta el sector inmobiliario, desde la industria textil hasta las drogas, y cuenta con detalles espeluznantes cómo  los clanes resuelven las luchas de poder mediante su actividad militar, o sea, mediante el asesinato y la tortura y, en una palabra, cómo el Sistema es capaz de corromper a una sociedad. 


miércoles, 7 de enero de 2015

Cine. The imitation game




Triste historia

Título original: The imitation game
Duración: 114 minutos
Director: Morten Tyldum
Guión: Graham Moore (Libro: Andrew Hodges)

Alan Turing logró descifrar los códigos secretos del sistema de comunicación nazi, lo cual tuvo una influencia decisiva en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Lo  que se nos cuenta aquí no es solo la historia de ese descubrimiento, sino los sucesos que le ocurrieron en 1951, cuando fue juzgado y condenado por homosexual, así como los episodios de su infancia de niño prodigio, en los que se empezó a forjar su turbulenta personalidad, genial y autodestructiva, cándida e irascible  a un tiempo. La película sortea con ciertas dificultades las complicaciones para explicar cómo Turing logró su misión, y la máquina que idea para  lograr desencriptar los mensajes cifrados del enemigo tiene el aspecto de un invento del profesor Tornasol. Tal vez fuera realmente así la predecesora de los grandes computadores, pero ese aire cacharril del invento de Turing, combinado con las confusas explicaciones sobre su funcionamiento, le da un aire un poco irreal a la historia. Quitando este detalle, la película nos muestra un relato interesante desde el punto de vista histórico, y un drama humano terrible, el de alguien a quien su país trató de forma miserable tras haber recibido de él un gran servicio. Se ve con gusto, pero deja una cierta sensación de frialdad en su tristeza, y de ocasión desperdiciada. Tal vez podría haberse hecho algo más vibrante con este material.

lunes, 5 de enero de 2015

Novela. Así empieza lo malo, de Javier Marías



Pasar página o avivar rencores y venganzas

Alfaguara
534 pags.

Juan De Vere, el  narrador de Así empieza lo malo, es un hombre maduro, que rememora los sucesos que ocurrieron cuando, a sus veintitrés años, trabajaba como traductor y ayudante de un director de cine en declive, Eduardo Muriel. En las primeras páginas, Muriel encarga a De Vere que investigue lo que haya de turbio en el pasado de un amigo suyo, el doctor Jorge Van Vechten. Se abre así una de las intrigas de la novela. El origen de la desdicha del matrimonio que forman Muriel y su mujer, Beatriz, es otra de ellas. Lo que se ventila tanto en una como en otra es el tema del perdón y el olvido del mal. El que la novela esté ambientada en plena transición no es casual, sino que sirve para dar una connotación social y no solo íntima a la mirada de Marías a circunstancias en las que la opción es pasar página o avivar rencores y venganzas. En esa mirada de Marías es muy de agradecer que no haya juicios, sino que, al contrario, se indague y profundice en  los porqués de un ser humano para optar por una u otra forma de afrontar el mal: saber o no saber; olvidar o superar; perdonar o vengarse.  

Salvando un par de historias tangenciales en las que al autor se le va la mano con tramas y personajes de interés menor, la historia del matrimonio Muriel y la del doctor Van Vechten, espiados todos ellos por el joven De Vere hasta en sus momentos más íntimos, están espléndidamente planteadas.  Sin embargo, he sentido en cada página esa falta de sintonía con el estilo de Javier Marías que siempre he tenido. No puedo evitar que me canse, y a ratos hasta me irrite, ese narrador que se deja ir en reflexiones y desvaríos mientras la acción queda en suspenso, y me pone nerviosa esa duda continua que parece aquejarle a la hora de elegir sus descripciones, y que resuelve una y otra vez mediante la acumulación de posibilidades. Sin restarle valor literario a su estilo, que no cabe duda es muy personal, he de decir que Marías no es para mí un escritor placentero, sino tortuoso y a ratos cansino; en exceso discursivo. En esta ocasión, su estrategia narrativa, la dosificación de sus tramas y la calidad y profundidad en la construcción de personajes y escenas logra que la acción levante el vuelo siempre a tiempo, hasta lograr una novela que se lee con mucho interés.